Punta del Este tiene fama de ciudad de verano: playas, yates, gastronomía internacional y una arquitectura contemporánea que compite por la atención con cualquier balneario del Mediterráneo. Pero detrás de las torres de vidrio que definen el skyline actual hay una capa anterior, más discreta y más reveladora: los edificios de los años treinta, cuarenta y cincuenta que aún sobreviven en la península, con sus líneas art déco, sus balcones de hierro trabajado y sus azulejos de influencia portuguesa. Estos edificios no llegaron por azar. Son el registro físico de una época en que Uruguay era el país más estable y próspero de América del Sur, un modelo que atraía capitales europeos y emigrantes con oficio. La arquitectura de ese período habla de confianza: confianza en las instituciones, en el futuro, en la capacidad del Estado de sostener un proyecto de modernización. Los propietarios que encargaron esos edificios no esperaban que fueran provisorios. Los construyeron para durar, con materiales importados y diseños que referenciaban el cosmopolitismo europeo sin copiarlo servilmente. El resultado es un vocabulario arquitectónico propio, reconocible si se sabe mirar: una síntesis rioplatense que combina la austeridad española, la ornamentación italiana y la funcionalidad francesa en proporciones que no se encuentran en ningún otro lugar del continente.
El problema es que muchos de estos edificios están desapareciendo. La presión del mercado inmobiliario —intensificada desde 2010 con la llegada de inversores brasileños, argentinos y europeos que buscan propiedades en zonas de baja densidad impositiva— ha convertido la demolición en un negocio más rentable que la restauración. Montevideo tiene una legislación de patrimonio más robusta que Punta del Este, donde la categorización de un edificio como bien de interés municipal requiere un proceso largo y políticamente complejo. Mientras ese proceso avanza, las excavadoras no esperan. Lo que se pierde con cada derribo no es solo una fachada: es un dato. Una fuente primaria irremplazable sobre cómo vivían, qué valoraban y en qué creían las personas que construyeron el Uruguay contemporáneo. Leer la ciudad como un archivo — con la misma seriedad con que un historiador lee un documento — es una práctica que todavía no ha encontrado suficiente espacio en el debate público uruguayo. Rochacore considera que merece más.